En las entregas anteriores de esta serie dedicada al Mestre Artesà Antoni Farré vimos cómo se forma un joyero. Ahora nos detenemos en un momento más complejo: cuando el aprendizaje deja de ser solo dominio técnico y empieza a convertirse en estilo.
La maestría no nace de un gesto brillante ni de una inspiración súbita. En joyería —como en cualquier oficio artesanal exigente— es el resultado de años de repetición, errores corregidos y decisiones tomadas. Es un proceso lento en el que la técnica deja de ser destreza y se transforma en criterio.
Este artículo se sitúa en ese punto de inflexión: los primeros años de independencia de Antoni Farré, cuando el aprendiz ya domina el oficio y comienza a firmar las primeras piezas con una identidad reconocible. Aún no estamos ante sus grandes obras escultóricas ni ante los esmaltes que definirán su madurez. Estamos ante algo más decisivo: el nacimiento de un lenguaje singular.
Un taller propio
En 1961, tras casi una década de aprendizaje entre talleres y escuela, Antoni Farré decide establecerse por cuenta propia. No se trata solo de abrir un taller. Significa asumir, por primera vez, la responsabilidad total del proceso creativo, técnico y económico.
Cada pieza que sale de sus manos responde ya únicamente a su criterio.
En la joyería artesanal de la época, independizarse exigía más que habilidad manual: implicaba resolver problemas técnicos sin tutela, tomar decisiones formales con seguridad y defender un estilo ante clientes y mayoristas. La independencia inaugura así una etapa nueva: ya no basta con ejecutar bien; hay que decidir qué hacer y cómo hacerlo.
Es en ese umbral donde empieza a perfilarse el autor.

Dibujo de Antoni Farré ©
Entre tradición y ruptura
Tras instalarse por su cuenta, Farré entra en contacto con el circuito de mayoristas de rosarios, un sector profundamente tradicional. Cruces y “marías” formaban parte de un mercado estable, regido por códigos formales muy definidos y una fuerte inercia estética.
Farré se integra en ese circuito con naturalidad, aportando su solvencia técnica. Pero introduce una diferencia sutil y decisiva: no reproduce modelos heredados, los replantea.
Frente a un imaginario devocional cargado de ornamento, sus cruces destacan por la limpieza formal. Las líneas se simplifican, las proporciones se equilibran y el conjunto gana sobriedad sin perder solemnidad.
La cruz se convierte así en una pieza bisagra en su trayectoria. Objeto tradicional por excelencia, funciona a la vez como laboratorio formal. En ella ensaya decisiones que serán centrales en su obra posterior: simplificar sin empobrecer, ordenar el volumen con claridad y convertir la técnica en lenguaje.
La “cruz catalana”
La expresión cruz catalana surge de manera espontánea. Un cliente de Madrid necesitaba distinguir uno de los modelos de Farré de otras cruces del mercado, y el nombre quedó.
Su singularidad no reside en un gesto llamativo, sino en una suma de decisiones precisas: depuración formal, claridad estructural y un uso expresivo del calado.
Con esta pieza, Farré empieza a ser reconocido no solo como ejecutor competente, sino como diseñador. Es el primer hito visible de una trayectoria que ya no descansa únicamente en la técnica, sino en una identidad formal.
Consolidación de un lenguaje
Ese reconocimiento le permite trasladar su criterio a otros ámbitos del diseño joyero. La experiencia acumulada en piezas devocionales se convierte en base sólida para explorar nuevos objetos con los mismos principios de claridad y rigor.
Uno de los terrenos donde este lenguaje se consolida con mayor fuerza es el de los anillos de oro para hombre, especialmente los sellos. En un primer momento trabaja a partir de modelos propuestos por los clientes, algo habitual en la época. Pero pronto empieza a ofrecer diseños propios, que encuentran una excelente acogida.
Estos anillos comparten con la cruz catalana una lógica común: volúmenes definidos, proporciones equilibradas y una presencia firme sin recurrir al exceso decorativo.
En esta etapa se hace especialmente visible uno de los rasgos técnicos distintivos de Farré: su dominio del calado manual. No lo utiliza solo para aligerar la pieza, sino para introducir ritmo visual y permitir que el vacío dialogue con el volumen. El resultado es una sensación de equilibrio que solo se alcanza cuando la técnica está plenamente interiorizada.

Papallona – Antoni Farré ©
La base de todo lo que vendrá
A partir de aquí, su estilo seguirá afinándose. Llegarán la exploración sistemática del esmalte, la adopción de la microfusión, el desarrollo de piezas cada vez más escultóricas. Pero todo ello se apoyará en esta etapa fundacional.
Porque antes del esmalte, antes de las grandes arquitecturas en miniatura, hubo algo más esencial: la decisión consciente de pensar cada forma.
La maestría técnica de Antoni Farré no es solo acumulación de habilidades. Es el momento en que la técnica deja de ser herramienta y se convierte en lenguaje.
Y ese lenguaje comienza, precisamente, aquí.